miércoles, 28 de enero de 2015

UN HOMBRE CON UN CHAQUETÓN AMARILLO



Hace unas semanas me encontré con un hombre que siempre consigue lo que quiere. Un  hombre que en caso de naufragio, de forma entusiasta e incluso jovial, tomaría las riendas de la situación y ordenaría perfectamente a los pasajeros en los botes salvavidas, con la misma vivacidad concentrada de un niño inventándose las reglas de un juego.


Era la tarde de Reyes. Yo había quedado para ir a la sesión de las nueve, pero había llegado pronto y en parte para hacer tiempo y para esconderme del frío de la tarde, entré en una de esas  zapaterías baratas de la Calle Montera.

Uno siempre sabe adónde va y camina con determinación cuando anda por la Calle Preciados o la Calle Carmen. Incluso cuando nos cruzamos con miradas a las que la rutina ha vuelto impasibles y transitan por la calle de forma autómata y fantasmagórica hay un orden, un ritmo constante, un fluir de transeúntes armónico y equilibrado. Esto no ocurre así en la Calle Montera, donde todo es un caos de gente que sube hacia la Red de San Luis, o baja hacia Sol, cruzando de un lado a otro de la acera sin ningún propósito, mezclándose con compradores de oro, prostitutas, clientes, policías, “tattoos”,  maletas chinas, tiendas de novias…


Faltaba sólo media hora para que cerrasen la zapatería. En la tienda había pocos clientes y los dependientes, tres jóvenes que no llegaban a los treinta, charlaban de pie alrededor de la caja registradora. Sonaba una emisora de radio a todo volumen, en la que una voz de chica, aguda como los alfileres, presentaba el próximo tema con un entusiasmo que me pareció falso o tal vez sobreactuadamente alegre.

El hombre entró en la zapatería y se dirigió directamente a los dependientes interrumpiendo la conversación.
—¡Muy buenas…! ¿Cordones para zapatos tendréis? ¿Sí?
Era un hombre grande, corpulento, de voz potente y sonora. La pregunta llenó el aire de la zapatería anulando a la locutora de radio; vestía un chaquetón amarillo que me recordó en parte al de los pescadores que aparecían en los antiguos anuncios de Nescafé.
Los dependientes pararon en seco la conversación y se volvieron para mirarle.

—No, eso en algún taller de reparación de calzado, de esos dónde también hacen llaves… o ahí mismo en El Corte Inglés… —contestó el más alto de los tres.

—¡No, por Dios! —exclamó el hombre extendiendo los brazos hacia el frente, abriendo las manos a modo de escudo protector y girando la cabeza hacia un lado como quien tiene delante algo espantoso.

—En la planta sótano, ahí mismo cruzando la calle…—insistió el chico.

—¡Sí… si sé dónde es, pero por Dios! ¿No me harás ir al Corte Inglés justo antes de la noche de Reyes?   ¿Puede haber alguien capaz de meterse allí? —Ahora se llevaba las manos hacia las sienes, negando con la cabeza, y soltando luego los brazos para mirar hacia arriba con gesto de desamparo.

El hombre resultaba cómico y a la vez creíble en su desesperación fingida. Los dependientes no pudieron aguantar una sonrisa y todos los que curioseábamos por  la tienda permanecíamos atentos a la escena; estábamos con él, era una locura entrar en El Corte Inglés a esas horas, y como si fuera “el bueno de la película” queríamos que ganara. Iba acompañado por una mujer que se situó en nuestro mismo plano  y parecía tan divertida como todos los demás.

—¿Para qué tipo de zapatos son? —preguntó el que debía ser el encargado.

—Para éstos —dijo el hombre, y se levantó un poco los pantalones dejando ver unos Camper de ante marrones con cordones verdes y unos calcetines rojos—. No hace falta que sean verdes, unos marrones o de tonos beige también valdrían.

—¿Estos mismos? —dijo el vendedor; sacó de debajo de la caja registradora un par de cordones de tono beige, y se agachó a los pies del hombre para comprobar que iban bien con el color del zapato.

—¡Qué grande, tío… Éstos van de puta madre!

El encargado lanzó el hatillo de cordones al aire y el hombre los agarró al vuelo.—¿Te doy algo, o te doy las gracias…? –preguntó empuñando el hatillo en alto como quien sostiene un trofeo, pletórico de felicidad.

—¡No. Sí, venga… Dame un abrazo! —contestó el chico, sin duda contagiado como lo estábamos todos por el buen humor del hombre.

El vendedor y el hombre se abrazaron, se despidieron alegremente y el hombre y la mujer que le acompañaba se perdieron en el caos de la Calle Montera.

De camino a los cines Ideal la gente se apelotonaba en las aceras comprando los últimos regalos. Los calcetines rojos me daban vueltas en la cabeza. ¿Un Santa Claus disfrazado de hombre que ha olvidado quitarse sus calcetines? ¿Y qué pensaría Mr. Scrooge de haber estado en la zapatería?

lunes, 12 de enero de 2015

DIVINIDAD PERRUNA



Este fin de semana estoy cuidando a la perrita de un amigo que está de viaje; es un cachorro de golden retriever  de solo tres meses de edad, a la que han puesto el extraño nombre de “Reunión”. El viernes sobre las siete de la tarde el conserje de la casa de mi amigo me hace entrega de unas llaves del piso y de la perrita, con su nota de instrucciones. Mi amigo vive en el Paseo del Pintor Rosales y el lugar de recreo de los perros y demás habitantes del barrio es el parque del templo de Debod.

Poder contemplar, tocar las paredes, pisar los bloques de granito y hasta curiosear dentro de un auténtico templo del Antiguo Egipto, es algo que me fascinó especialmente cuando vine a vivir a Madrid; son muchos los paseos vagabundos que recuerdo por el templo en las noches de verano rodeado de turistas, y deshabitado en los amaneceres de invierno cuando el agua se congela en el estanque y la brumosa luz de la mañana apenas consigue proyectar una tímida sombra de su misteriosa anatomía. Según avanza el día el templo se va desperezando de su sueño con vuelos de golondrinas y cantos de muecín cruzando el cielo de La Baja Nubia, "¡Cómo tiene que echar de menos el sol de África!", pensamos todos los que paseamos por allí.


La perrita corre desaforada y torpe escaleras arriba al encuentro de sus amigos;  hay un alboroto inusual de ladridos y un murmullo de personas reunidas a los pies de la capilla de Adjalamani situada en el interior, junto a la pared norte;  unos ojos rojos surgen desde dentro del pequeño habitáculo taladrando la oscuridad que se va extendiendo por el cielo a esta hora de la tarde; el vigilante del templo entra y sale de la capilla intentando atrapar esos ojos rojos; se trata de un perro tenebroso y brillante como la noche que aparece y desaparece; algunos cachorros se han lanzado a cruzar el estanque siguiéndole y corretean nerviosos ladrando entre los pilonos. No se sabe cómo, porque su acceso está siempre cerrado,  el perro ha logrado encaramarse a la terraza superior de la capilla y desde allí domina todo el promontorio, poderoso, sobrenatural, autoritario como el mismo dios Anubis convocando a los muertos con sus aullidos para la ceremonia del peso de las almas.


El vigilante viéndose incapaz de solucionar la situación ha llamado a los Municipales que  se presentan al momento, entrando en el templo y agarrando uno tras otro los cachorros que se resisten ladrando como enloquecidos; un yorkshire terrier con coletas y lazos escoceses muerde la mano de uno de los policías, que en un puro movimiento reflejo se sacude al perro  como si fuera un mosquito, lanzándolo al césped del otro lado del estanque.

—¡Oiga, oiga usted, animal…Que va a matar a las pobres criaturas! – grita la dueña del Yorkshire, una señora con la voz tan chillona como el ladrido de su perro.
—¡Esto lo que es,  es un abuso de autoridad! —afirma con voz sonora un señor de traje y corbata,  sujetando por la correa un viejo mastín que contempla la escena con total indiferencia.

—¡Es ese perro loco otra vez!— Dice alguien del grupo de los dueños de los perros —¡No deberían dejar que ande por ahí suelto...hasta que pase algo!.

Dos tipos con rastas y jerseys de lana gorda pasan de largo lanzando una pelota a un pointer de pelo largo y a un braco que corre tras ella con la potencia de un caballo.



El perro sale del templo triunfante y ajeno al barullo que hay montado a su alrededor y se dirige a la parte lateral del parque que da a Pintor Rosales, parándose junto a una mujer que se inclina ligeramente para acariciarle la cabeza y le dice algo al oído; la mujer lleva un sombrero con redecilla, traje con  falda lápiz, medias con costura y zapatos con tacón de aguja, todo estilo años cincuenta, la calle parece haberse vuelto en blanco y negro, aparcados en las aceras se pueden ver glamurosos mustangs convertibles, y enormes buicks con las aletas redondeadas y brillantes; unos hombres con zapatos bicolor pasan a su lado charlando con cigarrillos sujetos entre los dedos; ella y su perro caminan elegantes y mundanos, la puedo ver sentada en la recepción de un hotel, en un país  lejano y exótico, ojeando indolentemente una revista mientras espera que el botones transporte sus  maletas y baúles, y el perro echado a sus pies con la cabeza erguida, supervisando cada  movimiento a su alrededor.

Los ladridos de Reunión me devuelven a la vida real, corretea detrás de unas lucecitas que cambian del rojo al verde, esta vez no se trata de unos ojos sino de un chihuahua pequeño que lleva un collar  “navideño”.
—Es para no perderlo—, dice su dueña señalando el artilugio como si me hubiera leído el pensamiento.

Saco la bolsa de chuches en un intento de soborno para que Reunión se acerque y ponerle de nuevo el arnés, “no debería haberla soltado”, pienso, pero no parecía tan difícil pasear a un cachorro.


De vuelta a casa,  antes siquiera de que me dé tiempo a sacar mi llave, Bernardo abre la puerta solícitamente con su impecable uniforme azul; el portal es un maremágnum de espejos, mármoles de colores, reflejos de arañas de cristal y dorados a los que Bernardo saca brillo con un paño constantemente; la puerta del ascensor se cierra justo a tiempo de ver que en él viajan la señora elegante y "Anubis", encima de la cancela dorada la serie de luces se van encendiendo según sube el ascensor y se para justo en el piso encima del nuestro.

El apartamento de Fernando ocupa toda una planta del edificio, debe tener unas veinte habitaciones entre dormitorios, salitas de estar, despacho, biblioteca, sala de música, gabinete y una galería acristalada que comunica las diferentes zonas a través de un amplio patio interior. Algunas habitaciones se comunican entre sí directamente, otras dan a un largo pasillo y toda la casa en general parece un laberinto de estancias, cada una de ellas con un color diferente en las paredes, llenas a rebosar de muebles y antigüedades  de sus antepasados.
En el recibidor, sobre la cómoda de nogal encuentro unos juegos de sábanas y un edredón  junto a una nota: “Elige la habitación que prefieras, hay cena en la cocina y los bombones que te gustan. Gracias, te debo una.”
La casa siempre me ha sido amistosa pero distante; agarrada a la ropa de cama voy paseando de una habitación a otra,  las paredes están llenas de cuadros y viejas fotografías familiares, “nunca sabrás nuestros secretos”, parecen decir con cada crujido de la tarima mientras me siguen con la mirada; el gabinete está presidido por el retrato al óleo de un antepasado  Capitán de navío en la Guerra de Cuba, tiene el porte aristocrático que reconozco en mi amigo y una viveza agazapada  a la espera de que todos duerman para  saltar del cuadro y ponerse a trabajar con sus cartas , astrolabios, sextantes, brújulas y demás instrumentos de navegación que llenan las estanterías;  la mirada es irónica, parece intercambiar mensajes en clave con los ojos redondos de  las estatuillas de vudú, y las cuencas vacías de los fetiches yorubas que cuelgan  a su alrededor.
 La señora elegante y “ Anubis” andan de un lado para otro en el piso de arriba, junto al sonido de los tacones hay otro desconocido,  como un arañar de madera o un termitero gigante,  me siento caer en un frenesí de aprensión cada vez mayor, necesito encontrar un rincón tranquilizador para pasar la noche, recuerdo el sofá de terciopelo azul frente a uno de los balcones que dan a Rosales, aquí la luz de la calle inunda la estancia y dota a los objetos de una cotidianidad inofensiva, y arrullada por el suave rugido del tráfico nocturno consigo dormir, se dejan de escuchar una tras otra las horas del carillón de la entrada. La perrita duerme a mi lado y da pequeños respingos. No es hasta  la madrugada, cuando los sonidos adquieren esa claridad nítida y estremecida, cuando creo oír los aullidos de “ Anubis”, o quizás estoy soñando.

Hay algo heroico en la forma en que algunas calles intentan sobrevivir al paso del tiempo, una rebeldía polvorienta  que se agarra a un pasado glorioso de uniformes apolillados en los armarios. El Paseo del Pintor Rosales se muestra a veces con ese aire anacrónico de los grandes desfiles militares, de un mundo en el que todo era blanco o negro y la ciudad funcionaba obediente a golpe de reloj.

Por la mañana nos encontramos de frente con la señora elegante y “ Anubis”, su cara aparece lánguida  debajo de una gruesa capa de maquillaje, y la sombra azul, en lugar de acentuar la mirada solo consigue que sus ojos resulten más perdidos entre los pliegues de sus párpados; ya no lleva los glamurosos tacones sino unos zapatos planos de lluvia y un abrigo que desborda por completo su pequeño cuerpo de huesos encogidos  por el paso de los años;  el poderoso "Anubis" no es sino un viejo podenco de caminar tan lento como el de su dueña.

En la acera del Paseo todo es un puro ajetreo de camareros con chaquetilla colocando las mesas en las terrazas y camionetas de reparto aparcadas en doble fila; a través de las ramas desnudas de los árboles el sol de invierno deslumbra con el brillo y la incertidumbre de los nuevos amantes; Reunión tira del arnés en dirección al parque dando saltitos impacientes.





lunes, 8 de diciembre de 2014

EN MADRID-RÍO. ME HAS SALVADO LA VIDA



El nuevo parque de Madrid-Río ha recuperado el enfermizo cauce del Manzanares que corría angustiado entre el hormigón y la M-30; sin embargo a su paso por la Avenida a la que da nombre, escoltado por el verde diminuto y brillante de los pinos, las flamantes  arquitecturas  y el jugoso césped, el río desvela sobre su superficie de reflejos ondulantes  las construcciones de ladrillo ennegrecido  y las tristes ventanas de aluminio que poblaban el extrarradio en los años sesenta, como una señora emperifollada para ir de boda que no encuentra taxi y acude a la iglesia escudriñada por las miradas curiosas de los viajeros en un autobús en hora punta.


Salvo algunas excepciones, los parques urbanos siempre me han parecido grandes impostores de la naturaleza, separados del ruido y de la contaminación por una simple verja o incluso sin ella, presumen de contener el aire puro de los bosques o el aroma de los jardines de las casas de campo; los más grandes incluso llegan a imponerse majestuosos dentro  del espacio de la ciudad, con la arrogancia de quien a fuerza de saberse admirado ha terminado por creerse  imprescindible.



Hoy he bajado al río a correr unos cuantos kilómetros en dirección Príncipe Pío, el cielo estaba cubierto de nubes sospechosas y al parecer eso había disuadido a la gente de bajar en masa, porque solo se veían unos pocos corredores, el grupo de las clases de patinaje bajando la cuesta en fila india y algunos ciclistas,  que aprovechaban el vacío carril bici para realizar sus sprints. La zona del parque que más me gusta es la que va desde el Puente de Segovia hasta Príncipe Pío pasando por el Puente del Rey; es la zona del antiguo cauce, afortunadamente se ha conservado la vieja calzada de piedra y los castaños de indias y las acacias son los mismos de hace sesenta años; el río es accesible desde esta zona, conserva  su dimensión doméstica de riachuelo rodeado de casitas bajas con jardines repletos de prunos, que extienden sus copas hacia la calle, a veces se ve a algunos pescadores lanzando la caña.
Cada vez que llego a esta parte del río me alegra saber que no comienza aquí en la ciudad, sino allí arriba en las montañas, cerca de La Bola del Mundo; igual que me alegra no haber sabido nunca dónde termina.

En apenas media hora las nubes se habían vuelto amenazadoras  y comenzaba a anochecer, así que decidí volver  por el margen contrario para atajar cruzando el Paseo de Extremadura. Encima del río el tráfico abarrotaba la calle, al parecer todos los moradores del parque habíamos tenido la misma idea y nos agolpábamos en el semáforo,  un ciclista lo cruzó a toda velocidad cuando apenas acababa de cambiar a verde y algo cayó, rebotó un par de veces en el paso de cebra y vino a parar a mis pies, era un viejo Nokia de los que se abren como una libreta, mi intento de avisarle fue en vano porque además de ir muy por delante llevaba puestos unos auriculares.

 Me pareció extraño que siguiera utilizando uno de esos teléfonos no tan antiguos pero que ya estaban obsoletos; los enormes  auriculares y el equipo de ciclista profesional indicaban que se trataba de un hombre al tanto de las últimas  tecnologías ¿Por qué no usaba un Smartphone? Quizás tuviera uno en casa y utilizara el viejo Nokia para salir con la bici en precaución de perderlo, como le acababa de ocurrir; o quizás era una persona solitaria  y odiaba el Whatsapp; o tal vez era un rutinario  padre de familia al que su mujer seguía llamando al teléfono de la oficina…

 El largo parón en el semáforo y el teléfono perdido que llevaba con extremo cuidado en el bolsillo  me habían desconcentrado y tuve que frenar el ritmo de la carrera, en un momento,  sin saber bien porqué y como una Pandora cualquiera, me vi abriendo el Nokia y pulsando el nombre del primer contacto: “Adolfo Del Campo”, el teléfono sonó unas cuantas veces y una voz de hombre contestó:
— Si…¿Dígame?
—Buenas tardes, he encontrado un móvil y usted está en su lista de contactos. Llamaba por si le fuera posible entregar el teléfono a la persona que lo ha perdido.
—¡Ah…pues no sé…! No tengo su número registrado…
—¡Ah…!
—Trabajo en un banco y quizás sea uno de los clientes, lo siento, pero en este momento no puedo atenderla, buenas tardes.

Pulsé  en la agenda alguien más cercano,  “Ana vecina”:
—¿Si…Hola?
—Hola, he encontrado el móvil de un vecino suyo en Madrid-Río…
—¿Cómo…?
—Sí, que su número está en la agenda de un vecino ciclista…
—Ah…no, no, no tengo ese número, no sé quién puede ser, lo siento, disculpe, adiós adiós.

Terminé de llamar a las personas de la “A” con el mismo resultado;  pasé a los “Josés” y las “Marías”  esperando escuchar  un “¿Qué pasa tío?”; “¡Hola… guapo!”, “¡Antoñito…!” pero tampoco nadie de la “J” o la “M” conocía al ciclista.

Guardé de nuevo el teléfono en el bolsillo mientras seguía andando hacia casa, preguntándome qué hacer en caso de que su dueño no llamara, cuando por fin escuché la sintonía de los viejos Nokia:

—¿Hola…?
—Hola, soy el dueño del teléfono, se me cayó cuando iba por el parque.
—Sí… estaba esperando que llamara, le espero aquí, en el puente del “muelle”.
—¡Gracias, gracias…estoy allí en cinco minutos, voy con la bici! Por favor, sólo cinco minutos…


Tardó menos de cinco minutos en aparecer por el puente, con la camiseta azul reflectante que había visto de espaldas en el semáforo, era bajito, delgado y fibroso, su cara me recordaba a otras caras de ciclistas que a veces se ven en los informativos de deportes.

 —¡Ufff…Gracias, gracias…me has salvado la vida! ¡Soy un desastre, lo pierdo todo!

Sin bajarse de la bici, no paraba de dar las gracias y de disculparse;  me daba las gracias a mí por haberme parado a recoger un teléfono tan viejo; daba las gracias a Dios porque no se hubiera roto con el golpe; se disculpaba porque se estaba haciendo tarde y no quería entretenerme; se disculpaba porque estaba empezando a llover y porque con las prisas no había traído dinero para invitarme por lo menos a un café. Repitió tantas veces “Me has salvado la vida” que estuve a punto de creérmelo.


El chaparrón me ha pillado de lleno subiendo la cuesta, he llegado a casa y he deseado con todas mis fuerzas que el ciclista  no hubiera perdido nada más importante que una agenda vacía, o que en su caso, también hubiera podido recuperarlo.

domingo, 16 de noviembre de 2014

EN LA LÍNEA TRES



   


Acudí al cine Alphaville (nunca será el Golem) hace unos días a ver “Relatos salvajes”. Para quien no la conozca, apuntaré que la película se compone de seis episodios independientes, la mayoría de ellos tratan sobre la venganza, pero no de ésa que se sirve en plato frío, sino de la que brota desde la misma víscera con un  placer incontenible y sitúa a los personajes en el precario equilibrio entre la civilización y la barbarie; la comedia y  la violencia generada por los inevitables conflictos entre las relaciones humanas son el hilo conductor de todos ellos.


Cuando salí lloviznaba y sentí ese viento tan molesto que te persigue siempre al cruzar la Plaza de España; eché a correr sujetando el paraguas como pude hasta llegar a la boca del metro. El vagón estaba atestado como siempre a esas horas de la tarde y todavía más tratándose de un día de lluvia. La puerta se abrió y justo enfrente me encontré con un asiento vacío; a mi alrededor la gente correteaba para conseguir el suyo, como en ese antiguo juego de las sillas, en el que cuando paraba la música quien se quedaba de pie perdía. Enfrente iba un señor gordito, que pasaba largamente los cincuenta y llevaba una cazadora de ante marrón, renegrida alrededor de los puños, y en la zona de la pechera abrigaba una imponente y esférica barriga que amenazaba con echar a volar. A su lado quedó un sitio libre y otro señor aún más gordito se lanzó a ocuparlo, intentado torpemente no golpear a los viajeros con las bolsas de la Fnac que llevaba en las dos manos. A pesar del frío y de la lluvia no vestía con ropa de abrigo, sino con una camiseta roja de Supermán, y calculé que rondaría la misma edad.

Finalmente se empotró en el asiento comprimiendo el espacio del primer señor gordito, éste dio un respingo y miró a su compañero de viaje de arriba abajo con evidente disgusto: al fin y al cabo él había llegado “el primero” y eso le hacía sentirse con más derecho a ocupar un sitio cómodamente sin ser molestado; en todo caso, las molestias deberían ser para el que llega “el último”, pero es improbable que exista en el reglamento del transporte público algún artículo sobre ese tema. Además, también era mala suerte que ese señor gordito se hubiera sentado justo a su lado y enfrente fueran dos mujeres flacas, tan confortables; pero tampoco hay un reglamento para la mala o la buena suerte.
La situación era complicada: en el estrecho cubículo delimitado por los asientos de plástico azul y las barras amarillas apenas cabían los dos hombres.

El  primero de ellos alzó los hombros encogiéndose y  acomodando los brazos sobre el eminente abdomen como quien se apoya en un mullido cojín, sus dedos regordetes se entrelazaban debajo de la barbilla con la actitud de quien piensa en algo muy complejo. El segundo, ajeno al problema, hablaba por el móvil sin parar de moverse, estirando la cabeza, sin duda en un movimiento reflejo para buscar aire, o agachándose con los codos extendidos a los lados, apretujando la enorme tripa; cada vez que se movía o cambiaba de posición, clavaba el codo derecho en el brazo izquierdo del otro hombre, que le echaba miradas de reojo, negando con la cabeza  con un gesto de fastidio que iba en aumento según avanzábamos por las estaciones.

Cuando llegamos a Sol el vagón quedó medio vacío y pude observar sin obstáculos cómo la mirada del primer señor gordito iba encendiéndose y el gesto de desagrado se iba transformando en una mueca de crudo aborrecimiento. Pensé que en cualquier momento iba a explotar como si se tratara de uno de los “Relatos Salvajes” ; incluso creí verlo levantarse del asiento y aporrear la salida del vagón gritando: "¡Vilmaaaa…, ábreme la puerta…! " .”Eso es”, me dije, “¡se parece a John Goodman!”; en ese instante vi que me miraba e intenté disimular, porque me estaba entrando la misma risa incontenible que nos había provocado  la película; Szifrón había situado la cámara justo en la perspectiva desde la que la vulnerabilidad de los personajes resultaba cómica; a la distancia justa en que somos capaces de reírnos de la muerte o de nuestras propias desgracias. Imposible no sentir ternura hacia los personajes arrojados a su particular abismo, todos ellos tan violentamente tiernos.

La siguiente parada era la mía; una vez fuera del vagón permanecí en el andén esperando que el hombre corriera a ocupar mi asiento ahora vacío. Sin embargo no se movió; ahora el señor gordito con la camiseta de Supermán tenía el brazo derecho estirado a lo largo de la ventana, por detrás de su compañero, como si le rodeara por los hombros. Vistos desde el exterior parecían una entrañable pareja.

sábado, 1 de noviembre de 2014

LA FUGITIVA




En la calle Santa Isabel, un poco más abajo de la Filmoteca,  se encuentra  uno de esos cafés-librería  que  surgieron por el centro de la ciudad, y que se han puesto de moda últimamente. Creo recordar que el local  pertenecía a una antigua tienda de ropa, y conserva de aquélla, la esquina en escaparate  y los expositores acristalados en las fachadas, ocupados ahora por libros, revistas y anuncios literarios. El estilo intemporal de las vitrinas, con las maderas teñidas de azul y los cristales envejecidos, se integra de forma natural en el puzle  multicultural en que se ha convertido la calle,  conviviendo con el taconeo flamenco que rompe el aire  a través de las ventanas de la escuela de baile,  los olores castizos del mercado y las voces de los habitantes del barrio llegados de países que antes nos parecían lejanos. Todo ello da a la calle esa sensación de placidez y transitoriedad de un viaje, la de un paseo donde todo es  a la vez nuevo y gastado.

La Fugitiva–así se llama el café-  tiene una estrecha puerta de entrada, empotrada en la fachada que da a la calle principal,  entre los dos grandes escaparates de cristales redondeados,  también es de cristal, pero los carteles con anuncios y consignas de todo tipo, la llenan por completo y apenas dejan ver el interior. Se abre con aquel ligero gemido con el que se abrían antes las puertas de las tiendas  y que hacía que los clientes que  esperaban sin prisas o con resignado aburrimiento, girasen la cabeza todos a la vez  para mirar al recién llegado,  haciéndole sentir a uno tan sospechoso como “el malo”  de una película del Oeste entrando en el “saloon”.



 Pero no es el caso, el local es silencioso salvo por el crujir de la tarima de madera y el murmullo de alguna conversación en las mesas de los escaparates con vistas al exterior. Sin duda es ese silencio el culpable de que magnifique el sonido de la puerta. Acceder de pronto a la quietud de la sala te hace recuperar  tu ser individual y despegarte del amasijo ruidoso de la calle del que formamos parte sin darnos cuenta.

Los libros de las estanterías cubren por completo las paredes, y en el centro, alternando con las columnas de hierro de la antigua tienda, hay dos grandes mesas repletas de ejemplares apilados. Al fondo, entre cajas de té se esconde una pequeña barra.



Casi siempre está lleno, pero hoy al pasar por delante he visto que una de las dos mesitas dentro del escaparate principal, en concreto la de la esquina, la que permite una visión global de todo el local estaba vacía, y me he lanzado a ocuparla sintiendo una ligera excitación de triunfo, por fin había llegado en el momento justo en que quedaba libre la mejor mesa, la mesita ganadora.

Mientras ojeo la carta de tés se acerca la camarera-librera-chica que atiende, es tan delgada que el ancho jersey granate ondea siguiendo sus propios movimientos ajeno al cuerpo que se oculta en el interior, cuando me pregunta qué voy a tomar, compruebo que su voz es tan delgada como su cuerpo y su mirada tan suave como los furtivos pasos que apenas consiguen resonar sobre la tarima cuando anda.

Aún no he decidido qué tomar,” un chocolate” , digo por fin sin mucho convencimiento, entonces me sugiere la oferta de merendar, un té con una de las tartas caseras, en concreto, si le gusta el chocolate, dice, tenemos una tarta vegana  buenísima.  “¿No es así?” Le pregunta al chico que ocupa la mesa junto a la mía. El chico está escribiendo en un portátil, y tiene sobre la mesa la programación de la Cineteca, lleva unos enormes auriculares inalámbricos, que se quita y se pone de vez en cuando, y el brazo y la pierna que puedo ver desde mi lado exhiben grandes tatuajes de colores. Si, está buenísima ­–exclama- si te gusta el chocolate, es puro chocolate. La idea es tentadora, no recuerdo cuánto tiempo hace que no he tomado tarta de chocolate, y aunque no tengo hambre pido la oferta de merendar.

Saco un par de libros del bolso y los coloco encima de la mesa, hasta decidir cual seguir leyendo, mientras llega la chica que atiende, con la tetera y más tarde con la prometida tarta.
           
Echo una nueva mirada por la sala disfrutando de mi sitio privilegiado, empiezo a sentir la mesita como realmente mía, como el que se sienta en su sillón favorito, me pregunto si será por eso por lo que la gente va sola a los cafés ¿quizás para encontrar otras mesas y sillones favoritos?.

Enfrente, pegado a la pared, en el rincón de la derecha, hay otro chico escribiendo, lleva camisa de algodón azul claro, metida por dentro de los pantalones de loneta beige, gafas con montura metálica y el pelo pulcramente cortado al estilo tradicional de las peluquerías de caballeros. Su aspecto formal se corresponde con su actitud concentrada, no aparta la vista de la pantalla del portátil, sobre la mesa tiene un café a medio tomar, seguramente ya frío y al que no hace ni caso. Me recuerda a los opositores que llenan la biblioteca del Ateneo.

 El té verde está en su punto justo de amargura y la tarta verdaderamente es puro chocolate. Apenas la he terminado cuando mi vecino quitándose los auriculares se vuelve y pregunta “¿qué tal la tarta, buena?” “ Buenísima­”, le respondo “ Gracias, ha sido un buen consejo”, y no digo más, aunque el chico me produce la gran curiosidad que siempre me produce la gente que escribe.

Sigo leyendo y a ratos miro por la ventana, la calle está cada vez más concurrida según avanza la tarde, la luz amarilla de las farolas, el golpe seco de las persianas metálicas contra el suelo y los cubos de agua sucia tirados sobre las aceras del mercado, parecen ser la señal para que el ajetreo de los transeúntes se vuelva lento y cambien la expresión decidida de ir a alguna parte, por la de incertidumbre de quien acude a una cita, o vuelve a casa solo, y no sabe cómo se va a sentir.

Vuelvo al libro y a mirar a la calle, mi vecino sigue escribiendo, la camarera-librera-chica que atiende recorre las mesas ofreciendo rellenar la tetera con un poco más de agua y así, aprovechar más la infusión. Es la primera vez que veo hacer eso en un café. No se puede ser más amable.

Mi vecino se levanta y me pide que vigile sus cosas mientras va al baño.
-¿Qué es lo que escribes? – me atrevo a preguntarle por fin cuando vuelve.
- Monólogos- dice- no al estilo americano, sino con más personajes, teatralizados.
-¿Monólogos dialogados?...curioso- digo-.

Se llama Javier, su novia es actriz y han creado una especie de compañía de teatro, Love Nest Entertainment, actúan en salas pequeñas y con la entrada se incluye una consumición.

-¿tú también escribes?- Es bastante más alto de lo que aparentaba, gira un poco la silla hacia mi lado y se sienta apoyando los antebrazos en las rodillas, se lleva una de las manos a la cabeza en un gesto de enderezar la maraña de pelo negro que le cae ante los ojos.

- Más bien lo intento, pero mis personajes nunca se encuentran.

- ¡Ah...ya! Algo así como historias de vidas cruzadas, como esa película… ¿Has visto Paris Je t´aime?

-Sí, vi la película, pero no es eso. Es más el caso de que el asesino y la víctima viven en el mismo edificio, por ejemplo uno en el segundo piso y otro en el noveno. Entran y salen de casa a distintas horas, cuando uno sube en uno de los ascensores, el otro baja por el otro, o por las escaleras…el caso es que no consiguen encontrarse, no hay asesinato y me dejan sin historia.

-¡Jaja…! Es coña ¿no? –Cuando se ríe se inclina hacia adelante mientras con el dedo índice empuja las gafas de pasta hacia los ojos que se van agrandando más y más según se le acercan los cristales.

-Sí, bueno, en parte sí…- le digo a medias sonriendo, a medias excusándome -se trata de personajes que viven en distintos barrios de la misma ciudad y se cruzan constantemente.

- Hummm…quizás podrías poner a uno o dos personajes, “en plan más protagonistas”, que aparezcan en la mayor parte de los relatos y que se encuentran con otros secundarios…

Mi vecino de mesa ha resultado ser un torrente de ideas, las voy anotando en una de las hojas que llevo siempre entre los libros. Durante un buen rato le damos vueltas a tramas cada vez más inverosímiles, cuando me doy cuenta el folio está casi lleno de anotaciones, Javier se pone los auriculares y vuelve a su pantalla.

Sigo leyendo. De una de las mesas del fondo me llegan retazos de una conversación que poco a poco va subiendo de tono. Son dos chicas, una de ellas tiene acento argentino y la otra mexicano. Las dos son muy guapas, tienen ese tipo de belleza silenciosa, que a primera vista puede pasar desapercibida. Por la conversación deduzco que son actrices:

-¡El problema es que vos no creés en ti misma!
-¡No! Ya te dije, el problema es que aunque mi papá consienta en darme la plata, mi mamá siempre estará ahí para impedírselo.
-¡El texto está bárbaro, el director, el equipo, el local es rebueno, vos sos la nueva Audrey!  Y tu viejo, con toda esa guita para llevarse a la tumba…

Suena la musiquita de un móvil. La chica con acento argentino coge el teléfono de encima de la mesa  y sale a hablar a la calle. Desde el ventanal camina arriba y abajo de la acera asintiendo con la cabeza y moviendo la mano que le queda libre con energía, intentando convencer de algo a la persona al otro lado de la línea.

Se está haciendo de noche, la camarera-librera-chica que atiende sale de la trastienda envuelta en un chaquetón de lana gris, y se marcha por Santa Isabel hacia abajo, la vemos desaparecer ante el escaparate cargada con un bolso enorme.

La chica de acento argentino vuelve a entrar al café y se sienta junto a su amiga.

Desde que se ha ido la camarera-librera-chica que atiende, apenas nos damos cuenta, pero todos nos hemos quedado un poco más tristes. Incluso el “opositor” de la esquina está mirando al vacío a través del ventanal, puede que incluso soñando despierto sin una programación previa, una pérdida de tiempo que quizás le costará perdonarse.

Me levanto y voy a pagar a la barra, en sustitución de la camarera-librera-chica que atiende, ahora hay un chico en la caja y otro que recoloca los libros de las mesas.

Me despido de Javier, se quita los auriculares y me da una tarjeta con su web –No dejes de venir a vernos, es aquí al lado- dice- ¡Ah! Y no te olvides de volver a ver París Je t´aime.



                              Para Jacobo, Kike, y Clea, que mantienen a resguardo fugitivos y vagabundos.


lunes, 13 de octubre de 2014

HER




A veces pasa,  que entras en una sala de cine y te encuentras por sorpresa con una película que añadir a tu lista de favoritas. No es recomendable ir a ver esta peli en solitario, pero aquella tarde, topé con ella en mitad de un vagabundeo y no pude resistirme a la mirada melancólica de Joaquin Phoenix.

Entramos en el futuro, es un futuro cercano y fácilmente asimilable (salvo la moda de los pantalones de cintura alta). El hombre como creador de máquinas que se vuelven contra sí mismo.

Me acuerdo de Hal, Hal 9000 nos llevaba directamente al fondo del miedo a través de su ojo-cámara de color rojo; aquí escuchamos a Samantha con su voz amiga y sensual, dispuesta a satisfacer todas las necesidades de su comprador, la máquina se hace humana, y empieza a fallar como los humanos. Hal asesina a los tripulantes de la nave; Samantha desaparece, mata a la mujer ideal de la que Theodore se ha enamorado. También Roy, el replicante nexus 6, arma perfecta de combate, se hace humano y mata cruelmente a sus creadores.

El paisaje onírico de Los Ángeles del futuro y los personajes deambulando ensimismados en sus maquinitas, me hace pensar en la soledad del hombre y su  indefensión ante un mundo de dimensión tan grande que no puede controlar, un mundo abrumador y hostil,  aquél que los románticos representaban por medio de la naturaleza; en el concepto de lo bello y lo sublime; en los paisajes montañosos de  C.D. Friedrich, donde se presenta la idea vida-muerte, aquello que admirar y a la vez a lo que temer, la sensación del ser humano atrapado, que te agarra el corazón como espectador del cuadro.

En este futuro cercano, la naturaleza ha sido sustituida por la ciudad, creada por el hombre a una escala que se le escapa, igual que le superaba la  escala de la naturaleza, esta ciudad artificial, sólo  genera soledad, se vuelve contra sí mismo, como las máquinas.


Los viajeros solitarios de Friedrich nos dan la espalda mirando a las montañas brumosas; y Rutger Hauer desde la oscuridad lluviosa de la azotea nos regala, sin duda, una de las más bellas escenas de muerte de la historia del cine; Theodore y Amy también de espaldas a nosotros, en la azotea frente al anochecer inmenso de Los Ángeles, se apoyan el uno en el otro, y nos dan un mensaje de esperanza, no todo está perdido si en lugar de mirar al abismo miramos cerca, justo al lado, a ese hombro donde podemos apoyarnos, a los amigos.

Dedicado a los amigos, que destruyen los abismos cotidianos.