domingo, 23 de octubre de 2016

EL RASTRO UN DOMINGO POR LA TARDE. Las Chicas del Salón de Uñas. RELACIONES LÍQUIDAS



Leo en “Amor Líquido” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “Cuando uno patina sobre hielo fino, la velocidad es lo único que puede salvarle”. El libro describe el tipo de relaciones interpersonales que se establecen en el mundo actual y que según él, se caracterizan por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso:

 “Los hombres y mujeres desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, siempre ávidos de la seguridad de la unión y de una mano con la que puedan contar en los malos momentos, es decir, desesperados por relacionarse. Sin embargo desconfían todo el tiempo de “estar relacionados” y particularmente de estar relacionados “para siempre”, por no hablar de “eternamente”, porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones que no se sienten capaces ni deseosos de soportar, y que pueden limitar severamente la libertad que necesitan –Si, usted lo ha adivinado- para relacionarse…”

El deseo y el amor tienen propósitos opuestos, dice, el amor es una red arrojada sobre la eternidad, el deseo es una estratagema para evitarse el trabajo de urdir esa red, el amor luchará por perpetuar el deseo y el deseo por escapar del amor, porque el deseo lo que se propone es descubrir y poseer al otro y despojarlo de su poder de atracción a partir de ser explorado, familiarizado y domesticado.

 Junto al amor y el deseo habla de LAS GANAS, de su rápida aparición y extinción y cómo en  las relaciones de pareja satisfacer las ganas, sin dedicar tiempo al cultivo de un deseo, deja la puerta abierta a “otras posibilidades románticas” que pueden ser “más satisfactorias y plenas” para concluir con la dura realidad de que como los actos nacidos de las ganas ya han sido profundamente implantados por los enormes poderes del mercado de consumo, seguir un deseo nos conduciría de manera incómoda, lenta y perturbadora hacia el compromiso amoroso.



La tarde se va desmoronando y siento cómo  la lectura me va undiendo poco a poco en un estado de pesar y ligera desesperanza: intuyo que el final del libro no incluirá ninguna receta mágica que cambie el mundo en que vivimos. De pronto algo, quizás  el espíritu de supervivencia, me impulsa a cerrarlo y salir a la calle. Me miro las manos y me imagino felizmente repantigada en el acogedor salón de uñas del Rastro. ¿Es posible luchar contra el existencialismo pintándose las uñas?  ¡Yo qué sé!  – me digo— pero,  sin ánimo de remover a Sartre y sus camaradas de la tumba, esa simple imagen  se encarga de sacudírmelo de encima como un escalofrío.



Subo por Ribera de Curtidores, es domingo por la tarde,  la calle reaparece con la cara lavada,  libre del bullicio de vendedores y turistas que tan solo unas horas antes  la disfrazaban con una máscara de mundanidad cosmopolita, a esta hora recupera su tranquilidad de pueblo pequeño y se  escucha  de nuevo el silencio, y el gorjeo de golondrinas y vencejos sobrevolando el almez centenario.  


Cerca de la Plaza de Cascorro un grupo de gitanas charlan reunidas en un banco, es reconfortante ver que a solo diez minutos de la Apple Store se sigue  “bajando a tomar el fresco” , quizás sea ésta una costumbre atávica en extinción, pero ¿ Y si por la misma razón que se han puesto de moda las tiendas vintage, se volviera a vivir en la calle, en lugar de quedarse frente a una pantalla chateando o escribiendo en las redes sociales; a tener relaciones en lugar de “contactos”;  a las uniones reales en las que no era legítimo conectarse y desconectarse a conveniencia?

Si según Bauman, el amor marital de la sociedad patriarcal encerró el sexo en una sociedad pacata e hipócrita; el amor libre lo liberó hacia una felicidad sin ataduras en la que volar a la deriva generaba angustia;  y el amor líquido de la sociedad actual lleva la misma careta de falsa felicidad que los dos anteriores, entonces:  ¿Cuál es la respuesta a las relaciones?
En algún momento antes de llegar al cruce de Duque de Alba con la calle Estudios creo encontrar la respuesta: la respuesta es que no hay respuesta, me digo, nos subimos al alambre de las relaciones y miramos hacia abajo esperando encontrar una red formada de respuestas que nos salve de la caída, pero lo único que tenemos son preguntas con las que ayudarnos a mantener el equilibrio.


El Hello Uñas está a punto de cerrar. Una de las chicas me indica sonriente el sillón para la pedicura, introduzco los pies en el yakuzzi, las burbujas empiezan a gorgotear, cierro los ojos dejándome llevar por los sonidos de la sala… solo quedamos cuatro clientas y las esteticistas están relajadas, hablan  en chino y se ríen entre ellas. Pienso en lo agradable de escuchar conversaciones sin entender nada, como el golpeteo de la lluvia sobre la tela del paraguas.


De pronto un sollozo ahogado escapa del último sillón de la fila de pedicura: se trata de una chica de unos treinta años que mira fijamente la pantalla del móvil. A su lado, la amiga  le pasa el brazo por el hombro y le dice algo al oído; el gemido va en aumento, convirtiéndose en un llanto sobrecogedor llegado de un lugar profundo y lejano.

—Que no soy su mujer ideal… pero que si los dos estamos de acuerdo, una relación de follamigos  puede ser muy satisfactoria…y que no entiende porqué sabotear la química que hay entre nosotros cuando lo pasamos tan bien juntos… 

Inevitablemente pienso en Bauman y las “RELACIONES DE BOLSILLO”  que se sacan en caso de necesidad, y se guardan cuando ya no son necesarias, relaciones agradables y breves porque se sabe que no hay que hacer ningún esfuerzo para que sigan siendo agradables durante más tiempo, donde no se necesita hacer nada para disfrutar de ellas, son instantáneas, descartables. 

—Venga, venga…—dice la amiga—si a ti tampoco te gustaba tanto ese tío, no pegabais ni con cola, era cuestión de tiempo que te aburriera y  lo dejaras.

—Eso nunca se sabe… además me estaba ilusionando… y para terminar me suelta lo del carpe diem…Y se queda tan ancho…y  yo ahí, sin enterarme… y pintándome las uñas rosas, cuando nunca me ha gustado el rosa…
Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y se suena en un kleenex que saca del vaquero, parece que se va a tranquilizar, pero arranca de nuevo. Ahora es un llanto silencioso y sofocado de hipidos. Por alguna razón me hace pensar en alguna especie de animal pelágico.

—“No poblema si no gustal colol, señola no poblema, no poblema cambial colol”—. Es admirable la paciencia con que la pequeña china mantiene la sonrisa y se levanta a buscar la paleta de los esmaltes.

—¡La hostia tú, nena, no podemos  llorar así por cada capullo que se nos cruce, porque el planeta entero, no solo Madrid, está lleno de capullos;  si todas las mujeres del mundo lloraran así por su cuota de capullos correspondiente, la que se podía liar…! 
La clienta que estaba de espaldas con las manos en el secador de uñas se gira hacia la chica que llora.

—¡Jesús Bendito…La Dama de las Camelias!



Es una gitana de unos cincuenta años, el pelo negro recogido en una tirante cola de caballo que aún mantiene gran parte de su brillo, viste toda de negro: falda de tubo, blusa abotonada y zapatillas de cuña; a los pies tiene un capazo de mimbre, saca una baraja española muy manoseada, le quita cuidadosamente la goma y se la entrega a la chica, baraja, dice, y va extendiendo las cartas en filas y en columnas sobre la mesa de manicura.

—Pues aquí veo que no vuelve…¡échate pa donde quieras que éste no te va a querer!

Ahora el llanto de la chica se ha vuelto visceral, orgánico,  impúdico.

—No,  no vuelve, no vuelve…a ver…pero, pero…

—¿Pero qué…? Pregunta secándose las lágrimas con el pañuelo arrugado dentro del puño.

 Dos de las chinas que estaban recogiendo el local  se asoman por encima de la gitana a ver los naipes de colores sobre la mesa; la que me está masajeando los pies se gira a mirar; la que pinta las uñas de la amiga se quita la mascarilla y se acerca con el pincelito en la mano. La gitana, orgullosa de sus flamantes uñas de tres colores sigue apartando cartas del mazo, se produce un silencio, un suspense de imagen congelada.

—Veo otro hombre— dice— alto, moreno…

En ese mismo momento la chica deja de llorar, los ojos enrojecidos se vuelven redondos, transparentes.

— ¿Si? ¿Y quién, cuándo, dónde?

jueves, 18 de febrero de 2016

Entre Sol y Canalejas




   Esta noche al llegar a casa me he dado cuenta de 

que hoy,  durante todo el día,  he ido perdiendo una 

tras otra, varias oportunidades de ser completa, al

cien por cien, garantizada y eficazmente feliz.

Era un día soleado pero desapacible. Soplaba el 

viento del Norte. Las fuertes rachas  hacían volar 

melenas y sombreros. El viento infundía en la ciudad

  una prisa distinta de la habitual en un día de

 trabajo. No  era una prisa concreta por llegar a un 

determinado lugar a una hora exacta, sino una prisa 

por huir, por escapar, por desaparecer. Parecía que 

todos estuviéramos en el sitio equivocado, y 

caminábamos por la calle, encogidos y apresurados 

por llegar a cualquier otro lugar.



Atravesé  la Puerta del Sol donde hoy tampoco 

paseaba ningún turista. Fue en el cruce de la Carrera

 de San Jerónimo, cuando perdí la primera

 oportunidad. Entre la aglomeración de gente

 esperando en el semáforo,  me fijé en una gitana

 con un pañuelo negro en la cabeza. En el instante en

 que el semáforo cambió a verde y cruzamos el paso

 de cebra, puso delante de mis ojos una ramita de 

romero y claramente escuché:

—¡ Cómprame la suerte niña, la salud y un novio feo,

que nadie te lo quite! 

Llegué  a la acera de enfrente empujada por el

 tumulto de los peatones. En Espoz y Mina el paso 

estaba interrumpido por una multitud que esperaba 

junto a la Administración de Lotería. En el escaparate

 se leían grandes carteles anunciando un premio gordo:


—“ Si puedes soñarlo, puedes tenerlo”.


 Seguí adelante intentando no chocar con nadie por 

la estrecha acera de la Carrera de San Jerónimo. Me

 dirigía a la Plaza de Canalejas. El café de cristaleras

 que hace esquina con la calle Príncipe estaba medio

 vacío. Elegí una mesa de las que dan a la plaza. 



 Reconfortada al fin,  a salvo del vendaval. Olía a 

napolitana de crema recién hecha. Pedí un café. Me 

disponía a abrir uno de mis libros cuando escuché 

una voz detrás de mí:

—“¡Para hoy, para hoy cupones… ¿señora un cupón? 

llevo el trece y el ocho, me queda el trece, los 

últimos para hoy…!



Di las gracias al hombre apenas

 sin mirarlo  y volví a mi libro. 

La camarera andaba por el local

 recogiendo tazas vacías

 y limpiando las mesas. Se paró 

en la que estaba al lado mío, y 

al levantar la cabeza la vi 

guardarse en el bolsillo del 

delantal unos sobrecitos vacíos

 de café.

—Son para el concurso —dijo sin que le preguntara 

nada— ¿Usted no los envía?

—Pues no…— acerté a decir sin saber muy bien a 

qué se refería.

Debía tener unos cincuenta años, era regordeta y 

guapa e iba muy maquillada.

—Pues yo no paro de mandarlos, imagínese un 

sueldo de dos mil euros para toda la vida…—¡Qué 

felicidad! ¿no?


Había quedado en un 

lugar no muy lejano a la

cafetería. Cualquier otro

día habría  ido paseando 

pero ya en la calle, y con

la primera ráfaga de 

viento decidí tomar el 

metro. Desanduve el camino hasta Sol.  A la entrada

 el Maestro Sekouba repartía sus propias tarjetas de

 propaganda. Era un africano alto.

Su imagen me hizo pensar en algún tipo de árbol. En 

sus rasgos no había nada que indicara estar molesto 

por el vendaval, se le veía imperturbable y digno. 


“ Soluciono todo tipo de problemas. Rapidez, eficacia

 y garantía 100%...”


Entré en el metro y de

pronto me vino a la

 cabeza algo que leí o

 escuché:

 “El problema de la 

felicidad es que no nos 

hace felices”.

 Y luego he estado toda la tarde con esa canción 

infantil en la cabeza:

Coro: “Buenas…¿ tienen palillos, muchos palillos, 

para vender?

Tendero: Sólo tengo un palillo, pregunten en otra 

tienda.

— “Buenas…¿ Tienen palillos, muchos palillos, para 

vender?

— Sólo tengo una caja, pregunten en otra tienda.

— “Buenas…¿ Tienen palillos, muchos palillos, para 

vender?

— Sólo tengo 10 cajas, pregunten en otra tienda.

— “Buenas…¿ Tienen palillos, muchos palillos, para 

vender?

— Sólo tengo 100 cajas, pregunten en otra tienda.

— “Buenas…¿ Tienen palillos, muchos palillos, para 

vender?

— Sólo tengo 1000 cajas, pregunten en otra tienda…

sábado, 30 de enero de 2016

CALLE DE LEGANITOS



   Hay un supermercado chino en la calle Leganitos, cerca de la Plaza de España,  en el que se puede encontrar todo tipo de productos. Desde los más exóticos, hasta los que empezaron siéndolo, y con el tiempo se han hecho habituales en la cocina occidental. Lo cierto es que esta calle se ha transformado en los últimos años en un mini barrio chino paralelo a  la Gran Vía.


   Yo estaba allí el otro día mirando entre las estanterías del supermercado. Era sábado y hacía fresco. La puerta estaba abierta a la calle. A pesar de que era la hora de la comida había pocos clientes. La tarde era lenta, había como un humor de siesta, de ciudad deshabitada, parecía que todos sus habitantes se hubieran puesto de acuerdo para permanecer callados a la vez, sin quejas, sin expectativas.
   
Los clientes también deambulábamos por la tienda reconcentrados en nosotros mismos, pensativos entre los estantes de té y sopa miso. Al rato, desde la vitrina de  comida envasada llegaban unas voces ásperas :

   —¡Eh, mirad! —exclamó una voz masculina— ¡Aquí es donde esconden las pezuñas de los gatos!

   Hubo graznidos de risas y otra voz contestó:

   —¡Ratas y ratones al jengibre…qué delicatesen!
Eran tres jóvenes de veintitantos años.


   Ante las protestas del encargado empezaron a jugar con los paquetes de comida. Como si fueran pelotas de baloncesto, las hacían volar de unos a otros por encima de la cabeza del chino.


Se veían bien alimentados, vestidos con ropa de marca, exultantes desde algún tipo de superioridad. Parecían incapaces de experimentar cualquier clase de emoción salvo la propia autosatisfacción. A su lado, el encargado de la tienda,  se enfrentaba a ellos:

   —¡No gatos, no latones! ¡Salil tienda llamal policía!

   El encargado era un hombre de unos cincuenta años, enjuto, pequeño, con la cara marcada de arrugas. Daba la impresión de estar liofilizado igual que las algas que colocaba en las estanterías. Como si el tiempo se hubiera ido apoderando de su carne, y  tal vez mediante algún proceso químico, se le pudiera descomprimir y recuperara su estado natural, como las algas al contacto con el agua.


De pronto en la calle se escuchaban voces y risas. Un hombre alto, elegantemente vestido con traje y corbata, sobre el que llevaba un abrigo color camel, ladraba desde la acera de enfrente del supermercado.
    A su alrededor se había formado un círculo de curiosos. Las risas procedían de un grupo de cuatro o cinco hombres y mujeres, que se miraban y se apoyaban los unos en los otros,  encogiéndose y limpiándose las lágrimas con pañuelos de papel. Era una risa descomunal, arcaica, hacía pensar en animales primitivos. Por el contrario, los ladridos del hombre sonaban acompasados, rítmicos, como un lenguaje en clave. El cuerpo erguido, la cabeza levantada mirando al cielo y el ladrido casi musical daban al hombre la apariencia más sensata del grupo.
Desde el balcón de un hotel un hombre fumaba contemplando la escena. Una pareja de policías se acercaba bajando la calle desde la Comisaría. El encargado del supermercado les hablaba con grandes aspavientos.  Uno de los policías llamaba por la emisora, mientras el otro, que parecía desdichado, miraba alternativamente al chino de la tienda y al hombre que ladraba, sin decidirse a cuál de ellos atender.
   La calle cobraba un aspecto extraño, una mezcla desconcertante formada  por ese gran alboroto y por personajes solitarios.  
   Pagué mi caja de té y me fui. 

martes, 27 de octubre de 2015

LA TABACALERA. CINE-FORUM LA CLAQUETA





Era un sábado cálido y gris de principios de verano. La ciudad parecía vacía, o quizás las cinco de la tarde era demasiado temprano para que nada pudiera ocurrir en el trayecto desde mi casa hasta la antigua Tabacalera, adonde me dirigía para ver la proyección del documental  “Edificio España”.




El portón estaba cerrado, demasiado temprano, efectivamente. En la puerta contigua, la Sala Oficial de Exposiciones estaba abierta: “Sinestesia, colección olorvisual”. En el cuadernillo explicativo se leía:



“La palabra sinestesia proviene del griego "unión" y "sensación" y nació para dar nombre a la unión de distintos sentidos. Si normalmente olemos los olores, saboreamos los sabores, oímos los sonidos y sentimos el tacto al tocar algo, en muchos casos, el desarrollo nulo o escaso de uno de estos sentidos nos hace desarrollar otro de un modo fuera de lo común. Pero, ¿es posible experimentar sabores al oír palabras? ¿y ver colores al escuchar un sonido? Por supuesto que sí, y eso es algo muy ligado al arte y a la vida misma.”




Para hacer tiempo, y porque intuí que los olores de la vieja fábrica y el fresco que brotaba de sus muros me ofrecían muchas posibilidades para practicar la sinestesia, además del itinerario por los objetos, perfumes y sonidos de la exposición, deambulé por  las galerías desiertas de un lado para otro. Los desconchados de la pared, los marcos repintados de las puertas y la iluminación moderna,  daban al ambiente anacrónico un aire fantasmal. Al rato comencé a escuchar un sonido de pistacho, avellanas, el azul era un color arrugado, el amarillo pinchaba...cuando salí a la calle tuve la inquietante sospecha de que todo se había vuelto sinestésico.








En la nave central del edificio ocupado dos enormes 
altavoces al pie de un escenario vacío llenaban la sala de música trance a todo volumen. En una esquina, dos chicas agarradas a sus latas de cerveza cabeceaban mirando al suelo, siguiendo el ritmo con movimientos hipnóticos. Aún era demasiado temprano, sí, pero la sensación de que a esa fiesta no iría nadie se iba transformando en certeza a cada momento, y la fiesta, la nave, y todo el espacio tomaba un sabor mohoso, triste, por alguna razón pensé que ese debía ser el sabor de los lugares derrotados.



Recorrí las galerías buscando el local de La Claqueta, las salas de ensayo estaban cerradas, excepto una de ellas en la que se leía sobre la puerta “música africana”, dentro alguien dormía la siesta en un sofá mientras sonaban los 40 principales.




Aquella tarde los corredores vacíos devolvían a la Tabacalera su condición de edificio largamente abandonado. Por fin conseguí llegar a La Claqueta, el lugar parecía ser el único  con vida de toda la fábrica, los asistentes se saludaban y hablaban con agitación, algunos se besaban efusivamente. Encontré una butaca  libre en la segunda fila, el ambiente festivo que me rodeaba me produjo la sensación visual de una jarra de cerveza, las burbujas minúsculas subían a la superficie, ligeras y despreocupadas, y flotaban alegremente entre la espuma.




Al poco rato un chico de gafas y barba surgió de algún lugar y presentó el documental sobre el desmantelamiento del Edificio España.  Una película de un edificio abandonado dentro de otro edificio abandonado —pensé— y me vino a la memoria el mensaje de WhatsApp que me envió una amiga poeta:



“Abandonamos edificios y ocupamos otros nuevos, con la esperanza de tener mejores vistas, pero cuando llegamos a nuestra nueva casa, y limpiamos el yeso y las gotas de pintura que los obreros han dejado en las ventanas, lo único que encontramos en el cristal reluciente, es el reflejo de nosotros mismos.”



Cuando le pregunté si estaba escribiendo un nuevo poema  me respondió:



—No, me he mudado de apartamento.





El documental acabó y salimos a la calle desandando las galerías, de vez en cuando nos cruzábamos con alguien, en la nave central las dos chicas se habían ido y no había música, un grupo de ocho o diez  personas hablaban alrededor de unas cestas con verduras.



En la acera, el chico de gafas y barba, nos indicó un bar donde tomar algo y comentar la película. Atardecía y las sensaciones sinestésicas iban desapareciendo y convirtiéndose en reales, como las conversaciones animadas, el camión de la basura,  y los besos efusivos con los que nos despedimos ya en mitad de la noche,  mientras un furgón cisterna del Ayuntamiento regaba la calle, otra vez vacía.






            Para los vagabundos : Jesús (el chico de gafas y barba), José Félix y Elena.

                               http://latabacalera.net/category/cine-forum-social/
                               

viernes, 31 de julio de 2015

La Gran Vía. Inmediaciones





—Entropía, eso es de lo único que podemos estar seguros, el caos, la diáspora de nuestras conciencias, la expansión del Universo, el choque de Andrómeda con la Vía Láctea…


— ¿El choque de qué? —pregunta ella volviendo en sí de pronto.


—De galaxias, Andrómeda y la Vía Láctea chocarán dentro de cuatro mil millones de años. Está confirmado. Cada elemento tiene su  coeficiente propio de expansión, la materia y la no materia, todo, hasta las cosas que uno menos se imagina se expanden, se disuelven en un magma infinito, todo, hasta el amor, aunque nadie quiera reconocerlo, el amor también se expande y se pierde por ahí, por algún puto lugar del Universo.


—Ya…


—¿Te imaginas?  Si lo reconocieran, si alguna vez fueran conscientes, tus padres y los míos y toda esa gente que piensa que sus vidas se rigen por un orden, que se creen felices cuando la realidad es que viven con amores expandidos, difuminados… saltarían por las ventanas…


—¿Por qué tendrían que saltar?


—¡Por lo del amor!  por lo de Andrómeda no creo…


 —Pues no sé, no lo veo…tú lo sabes y no saltas… 




Son jóvenes. Él es exaltado e incapaz de soportar el peso de sus propios pensamientos. Ella ni siquiera parece darse cuenta de lo mucho que le gustan los lugares inverosímiles. Él se ha iniciado a la verdadera tristeza adulta. Ella vive una vida llena de tabiques y puertas correderas.




El mundo parecía tan distorsionado por el calor, sin nada real e irreal. El Palentino de la calle del Pez ya estaba abierto o aún no había cerrado. 


Algunos andábamos por ahí como sonámbulos buscando el fresco de la noche y el consuelo de la madrugada. Reducidos también por el calor  a nuestra condición orgánica, no éramos más que una maraña de ensamblajes eléctricos moviendo articulaciones como pasos sobre la acera,  un rumor amordazado de tuberías, un borboteo desde algún lugar remoto, un bombeo silencioso de la sangre y el café con leche.



El camarero retira las tazas de los chicos que acaban de marcharse y se apoya sobre la barra de zinc embobado en el ir y venir del ventilador, la gota de sudor  ha dejado de caer y queda varada en un surco de la frente. Al fondo del bar un hombre de la época de la movida mira hacia la calle, como esperando durante todos estos años y en esa misma mesa que sus colegas aparezcan por la puerta.



Con el amanecer llegan los primeros ruidos invisibles de los aledaños, de esas calles ocultas con recato detrás de las arrogantes fachadas de la Gran Vía. En la Calle del Pez  las primeras luces  y  esa felicidad  de las inmediaciones que ronda como perdida y que de tanto dar vueltas termina por encontrarte, una felicidad de carretera secundaria, o la felicidad llena de promesas que planea sobre la sala de cine en el momento en que se apagan las luces.



Me pregunto si éste será uno de esos  momentos  intrascendentes que nos quedan misteriosamente grabados y regresan un día con mayor plenitud incluso que el día que los vivimos.


De camino a la Gran Vía me adentro en el territorio de lo real en que el amanecer deja de ser tal cosa para convertirse en una mañana, la luz  emerge con violencia por detrás de la sombra de las arquitecturas dejando ver el paisaje de oficinas, aparcamientos, loción after shave y colonia de baño conjurando  las pesadillas de la noche calurosa.



Todo cambia, las ciudades cambian y sin embargo algunas cosas parecen tener la fuerza de seguir siendo las mismas. Cuando paseo por la Gran Vía me gusta mirar hacia arriba, las fachadas apenas han cambiado; si la vida consiste en su mayor parte en que nada quiere permanecer allá donde está, la Gran Vía parece rebelarse a esa inquietud de los cambios, como un ídolo o alguna clase de dios atemporal observa a la gente ir de acá para allá, a cualquier lugar, siempre cargando consigo misma.




martes, 26 de mayo de 2015

Tren AVE Valencia-Madrid. Extraviados a 350 km/h




A las  12:40  el  tren Ave con salida de la Estación Joaquín Sorolla, Valencia, parte con destino a la Estación de Atocha, Madrid. Los viajeros ordenados obedientemente según el número de asiento que figura impreso en nuestro billete. Unos minutos antes todo era un caos de seres perdidos buscando su sitio: se encontraron números de asientos duplicados hasta que alguien cayó en la cuenta de que se había equivocado de vagón;  alguno que llevaba asiento de pasillo ocupó la ventanilla; se intercambiaron saludos y disculpas entre el golpeteo de maletas y el roce inevitable de los cuerpos anónimos en ese espacio que iba a  ser fugaz y brevemente compartido.

Delante de mí  una mujer menuda, de la que solo alcanzo a ver una porción de pelo blanco y brillante, mueve la cabeza para dirigirse al hombre sentado a su lado. El hombre tiene ese aspecto falsamente descuidado como  de director de teatro fotografiado en algún suplemento dominical: pelo canoso, americana con camiseta de algodón oscura y gafas  Ray Ban modelo vintage.

Han quedado algunos asientos libres, en concreto toda la fila correspondiente a mi número está vacía, me expando cómodamente, ocupando el sillón contiguo con el bolso grande que llevo siempre en mis viajes dentro y fuera de la ciudad y saco uno de mis libros.

A las 12:50 el hombre de delante se percata de los asientos libres y con una rápida excusa coge todas sus cosas y  va a sentarse en la ventanilla de mi  otro lado del pasillo, dejando a la mujer del pelo blanco y brillante sin nadie con quien hablar. Sobre la mesa desplegable enciende un Mac  de última generación, guarda las Ray Ban en un estuche y saca en su lugar unas gafas  para leer. Ahí está —me digo —justo el tipo de hombre que muchas mujeres calificarían de “maduro interesante”.

A las 12:55, sin duda siguiendo el ejemplo del hombre interesante, una gran parte de los viajeros cambian de sitio abandonando a sus compañeros de viaje, en una auténtica desobediencia civil asaltan las filas de asientos vacíos y se rebelan contra el destino, que entre todos los números al azar  ha elegido los suyos y los ha impreso correlativos en sus billetes. Miro el espacio ocupado por mi bolso, me doy cuenta de que me alegro de que a mi billete no le siguiera un número correlativo,  y sigo con mi lectura sin ninguna interrupción.


La mujer del pelo blanco se levanta y camina por el pasillo hacia el extremo opuesto del vagón, cuando pasa al lado del hombre interesante sonríe con gesto indiferente y sigue adelante con paso resuelto, tratando de no parecer tan decepcionada como se siente.

A las 13:10 la rebelión parece haberse extendido por todo el tren y empiezan a llegan nuevos viajeros de otros vagones;  entre los descontentos con su suerte se encuentra una mujer  de unos veinticinco años que hace su aparición a través de la puerta de cristal y permanece de pie durante unos momentos, examinando los sitios que todavía quedan libres. Una alerta salta de repente entre los usurpadores de asientos —llevan el suficiente tiempo en ellos como para sentirse sus propietarios de pleno derecho— y desvían la mirada hacia cualquier parte, evitando ser invadidos por la nueva amenaza, que se yergue poderosa sobre unos altos tacones, falda de tubo sobre una piernas larguísimas venidas de algún lugar de Europa del Este y su pequeña maleta. En el espacio  para cuatro con la mesa de madera en el centro, solo quedan los  restos de  unos dibujos del niño que cambió de sitio con su madre. La chica coloca su maleta sobre la mesa, saca un espejo y un estuche de maquillaje, se da un toque de barra de labios sobre los labios ya pintados y la vuelve a cerrar.

A las 13:20 el hombre interesante abandona su asiento y sale del vagón pasando por delante de la chica nueva, vuelve enseguida con dos botellas de agua mineral y se sienta enfrente de ella.
Desde mi sitio puedo ver al hombre de espaldas, el elegante corte de pelo, el cuerpo tenso, sin   movimiento, apenas gesticula con las manos cuando le ofrece el agua, ella sonríe de forma tímida, un poco forzada acepta la botella y le da las gracias. El hombre lleva la conversación, ella asiente y de vez en cuando intercala alguna palabra, lo mira atentamente, los ojos son de un verde líquido, el pelo recogido en un moño alto a la moda de los sesenta de un tono entre caoba y pajizo, la palidez casi transparente de su piel, pero sobre todo la expresión de lejanía de su cara me hace pensar en estepas desoladas, deslumbrantes bajo un frío sol de invierno.

A las 13:50 anuncian que dentro de diez minutos llegaremos a la estación de Atocha  y finalizará el viaje, y a continuación la voz repite: “ Llegada a destino, tripulación preparar procedimiento”.



¿Existe un procedimiento para llegar a los destinos? ¿Existe un destino al que someterse? ¿Hay algo más allá, más concreto que las posibilidades tenues, los días arbitrarios, los paseos vagabundos?


A las 14:00 horas los viajeros comenzamos a levantarnos inquietos mientras recogemos nuestras cosas; el hombre interesante añade el teléfono de la chica en la agenda de su Iphone; ella anota el del hombre en un trozo de papel que saca de su bolso.


A las 14:10 a la salida de la estación de Atocha, desde la ventanilla de un taxi el hombre interesante hace un gesto de adiós con la mano, la sonrisa pegada en el cristal  y la mirada más allá de la calle, en algún momento y lugar largamente imaginado ; ella le devuelve el saludo y la sonrisa mientras avanza rápidamente; me adelanta por el lado derecho de la acera con sus largos pasos,  dejando una corriente de aire gélido que baja la agobiante temperatura del viento del Sáhara que ha invadido la ciudad en estos días. 

A las 14:15, en el semáforo de la Glorieta de Atocha 

enfrente del Jardín Botánico, saca un pequeño papel 

de su bolso, lo arruga y lo tira a la papelera.