El nuevo parque de Madrid-Río ha recuperado el enfermizo
cauce del Manzanares que corría angustiado entre el hormigón y la M-30; sin
embargo a su paso por la Avenida a la que da nombre, escoltado por el verde
diminuto y brillante de los pinos, las flamantes arquitecturas
y el jugoso césped, el río desvela sobre su superficie de reflejos
ondulantes las construcciones de
ladrillo ennegrecido y las tristes ventanas
de aluminio que poblaban el extrarradio en los años sesenta, como una señora
emperifollada para ir de boda que no encuentra taxi y acude a la iglesia escudriñada
por las miradas curiosas de los viajeros en un autobús en hora punta.
Salvo algunas excepciones, los parques urbanos siempre me
han parecido grandes impostores de la naturaleza, separados del ruido y de la
contaminación por una simple verja o incluso sin ella, presumen de contener el
aire puro de los bosques o el aroma de los jardines de las casas de campo; los
más grandes incluso llegan a imponerse majestuosos dentro del espacio de la ciudad, con la arrogancia
de quien a fuerza de saberse admirado ha terminado por creerse imprescindible.
Hoy he bajado al río a correr unos cuantos kilómetros en
dirección Príncipe Pío, el cielo estaba cubierto de nubes sospechosas y al
parecer eso había disuadido a la gente de bajar en masa, porque solo se veían unos
pocos corredores, el grupo de las clases de patinaje bajando la cuesta en fila
india y algunos ciclistas, que
aprovechaban el vacío carril bici para realizar sus sprints. La zona del parque
que más me gusta es la que va desde el Puente de Segovia hasta Príncipe Pío
pasando por el Puente del Rey; es la zona del antiguo cauce, afortunadamente se
ha conservado la vieja calzada de piedra y los castaños de indias y las acacias
son los mismos de hace sesenta años; el río es accesible desde esta zona,
conserva su dimensión doméstica de
riachuelo rodeado de casitas bajas con jardines repletos de prunos, que
extienden sus copas hacia la calle, a veces se ve a algunos pescadores lanzando
la caña.
Cada vez que llego a esta parte del río me alegra saber que
no comienza aquí en la ciudad, sino allí arriba en las montañas, cerca de La
Bola del Mundo; igual que me alegra no haber sabido nunca dónde termina.
En apenas media hora las nubes se habían vuelto
amenazadoras y comenzaba a anochecer,
así que decidí volver por el margen
contrario para atajar cruzando el Paseo de Extremadura. Encima del río el
tráfico abarrotaba la calle, al parecer todos los moradores del parque habíamos
tenido la misma idea y nos agolpábamos en el semáforo, un ciclista lo cruzó a toda velocidad cuando
apenas acababa de cambiar a verde y algo cayó, rebotó un par de veces en el
paso de cebra y vino a parar a mis pies, era un viejo Nokia de los que se abren
como una libreta, mi intento de avisarle fue en vano porque además de ir muy
por delante llevaba puestos unos auriculares.
Me pareció extraño
que siguiera utilizando uno de esos teléfonos no tan antiguos pero que ya
estaban obsoletos; los enormes
auriculares y el equipo de ciclista profesional indicaban que se trataba
de un hombre al tanto de las últimas
tecnologías ¿Por qué no usaba un Smartphone? Quizás tuviera uno en casa
y utilizara el viejo Nokia para salir con la bici en precaución de perderlo,
como le acababa de ocurrir; o quizás era una persona solitaria y odiaba el Whatsapp; o tal vez era un
rutinario padre de familia al que su
mujer seguía llamando al teléfono de la oficina…
El largo parón en el
semáforo y el teléfono perdido que llevaba con extremo cuidado en el bolsillo me habían desconcentrado y tuve que frenar el
ritmo de la carrera, en un momento, sin
saber bien porqué y como una Pandora cualquiera, me vi abriendo el Nokia y
pulsando el nombre del primer contacto: “Adolfo Del Campo”, el teléfono sonó
unas cuantas veces y una voz de hombre contestó:
— Si…¿Dígame?
—Buenas tardes, he encontrado un móvil y usted está en su
lista de contactos. Llamaba por si le fuera posible entregar el teléfono a la
persona que lo ha perdido.
—¡Ah…pues no sé…! No tengo su número registrado…
—¡Ah…!
—Trabajo en un banco y quizás sea uno de los clientes, lo
siento, pero en este momento no puedo atenderla, buenas tardes.
Pulsé en la agenda
alguien más cercano, “Ana vecina”:
—¿Si…Hola?
—Hola, he encontrado el móvil de un vecino suyo en
Madrid-Río…
—¿Cómo…?
—Sí, que su número está en la agenda de un vecino ciclista…
—Ah…no, no, no tengo ese número, no sé quién puede ser, lo
siento, disculpe, adiós adiós.
Terminé de llamar a las personas de la “A” con el mismo
resultado; pasé a los “Josés” y las “Marías”
esperando escuchar un “¿Qué pasa tío?”; “¡Hola… guapo!”,
“¡Antoñito…!” pero tampoco nadie de la “J” o la “M” conocía al ciclista.
Guardé de nuevo el teléfono en el bolsillo mientras seguía
andando hacia casa, preguntándome qué hacer en caso de que su dueño no llamara,
cuando por fin escuché la sintonía de los viejos Nokia:
—¿Hola…?
—Hola, soy el dueño del teléfono, se me cayó cuando iba por
el parque.
—Sí… estaba esperando que llamara, le espero aquí, en el
puente del “muelle”.
—¡Gracias, gracias…estoy allí en cinco minutos, voy con la
bici! Por favor, sólo cinco minutos…
Tardó menos de cinco minutos en aparecer por el puente, con
la camiseta azul reflectante que había visto de espaldas en el semáforo, era
bajito, delgado y fibroso, su cara me recordaba a otras caras de ciclistas que
a veces se ven en los informativos de deportes.
Sin bajarse de la bici, no paraba de dar las gracias y de
disculparse; me daba las gracias a mí por
haberme parado a recoger un teléfono tan viejo; daba las gracias a Dios porque
no se hubiera roto con el golpe; se disculpaba porque se estaba haciendo tarde
y no quería entretenerme; se disculpaba porque estaba empezando a llover y
porque con las prisas no había traído dinero para invitarme por lo menos a un
café. Repitió tantas veces “Me has salvado la vida” que estuve a punto de
creérmelo.
El chaparrón me ha pillado de lleno subiendo la cuesta, he
llegado a casa y he deseado con todas mis fuerzas que el ciclista no hubiera perdido nada más importante que
una agenda vacía, o que en su caso, también hubiera podido recuperarlo.